Una comunidad creciente de tejedores, hilanderos y otros artistas de la fibra textil están creando objetos que no solo son hermosos, sino que también perduran en el tiempo.
En una época en la que el tiempo promedio frente a las pantallas en EE. UU. representa casi un tercio del día, cada vez más personas están desarrollando habilidades manuales en algunas de las formas de arte más antiguas.
Las artes textiles han experimentado un auge en los últimos años. Gremios históricos, clubes más recientes y bibliotecas locales están reuniendo a la gente, transformando lo que suele ser una actividad solitaria en un proyecto grupal en el que las personas pueden conectarse, aprender nuevas habilidades e intercambiar ideas.
“Esto crece cada año, más y más y más”, comenta Jaki Canterbury, propietaria de Slowfiber, una tienda de insumos textiles en Monterey que ofrece talleres y un espacio donde los artesanos locales crean comunidad.
Canterbury señala que, a través de Upcycle Camp —un retiro anual de costura de cuatro días en el St. Francis Retreat Center— y de otros talleres que ofrece, las personas han encontrado a su gente, y muchas continúan reuniéndose para formar sus propias comunidades. “Tenemos amistades que surgieron aquí y que ahora se juntan en las casas de cada uno”, dice Canterbury. “La gente busca experiencias”.
Para Canterbury, lo mejor de su tienda no ha sido una tela en particular o una pieza vintage, sino la convivencia social. “El proceso de crear comunidad fue la parte milagrosa. La gente se necesitaba mucho más de lo que imaginaba”, afirma. “No me daba cuenta de lo mucho que las personas se necesitaban en este mundo”.
Avery Gould, de 32 años, artista textil y miembro del Monterey Knitting Social Club, aprendió a hilar viendo tutoriales en YouTube. Tras unirse al grupo de hilado del Carmel Crafts Guild, cuenta que su técnica mejoró enormemente. El gremio, fundado en 1948, afirma ser el más antiguo de artes textiles del país, y varios de sus integrantes han participado activamente durante décadas. Ahora, la agrupación está sumando nuevos miembros.
“Algo que realmente me encanta del gremio es el aspecto multigeneracional”, platica Gould. “Conozco a personas mucho mayores que yo y a jóvenes mucho más jóvenes, y a todos nos une esto que realmente nos apasiona”.
HAY PIEZAS DE ARTE TEXTIL QUE SON ÚTILES —tapetes, cobijas, suéteres— y otras que son decorativas. Cada pieza hecha a mano es única. “Una de las cosas que me fascina de las artes textiles es cómo la tela se mueve y cómo cae”, menciona J. Kai Maeda, de 33 años y residente de Pacific Grove, quien comenzó a tejer a crochet durante la pandemia. Él crea tapices grandes que cuentan historias, en su mayoría sobre aves. “Puede estar colgado de una vara de madera, pero aun así tiene movimiento. Se ve delicado”, explica. “Aunque tiene sus límites —la pintura abarca todos los colores—, la belleza de esto no tiene comparación”.
Maeda también elabora prendas de vestir, como suéteres. Aunque cada pieza hecha a mano es diferente, el crochet en particular se distingue porque sus puntadas no pueden ser replicadas por una máquina. Las fábricas pueden confeccionar suéteres de tejido de punto a un ritmo acelerado, pero solo la mano humana con un ganchillo (y algo de paciencia) puede tejer a crochet, incluso con la tecnología actual.
Eso significa que cada prenda tejida a crochet está totalmente hecha a mano. “Eso fue de las cosas que más me atrajo del crochet”, expresa Maeda. “Especialmente ahora que nos dirigimos hacia un futuro impulsado por la IA, el trabajo manual representa una forma de resistencia: es bajar el ritmo, estar presente y no obsesionarse tanto con la productividad.
“Si cobrara por esto… tendría que ser muchísimo dinero por todo el tiempo que invierto. Pero no lo hago por dinero, y de eso se trata. Es como un estilo de vida artesanal y rebelde”.
Maeda nota esto no solo al momento de crear y usar la prenda, sino también al arreglarla y lavarla. “Cuando creas algo con tus propias manos, aprendes a cuidarlo”, dice. “Se nota cuando algo ha sido cuidado con esmero o elaborado detalladamente durante mucho tiempo”.
A diferencia de la moda rápida (fast fashion), que soporta ciclos continuos de lavadora y secadora, muchas prendas hechas a mano requieren cuidados más delicados para conservar su color, forma e integridad. Dedicar atención incluso al lavar la ropa se convierte en un acto de resistencia, un recordatorio de que los objetos cotidianos pueden ser arte.
“Bajar el ritmo es lo que realmente valoro de este oficio”, señala Maeda, “sobre todo en un mundo que intenta acelerar todo de forma poco sostenible”.
La moda lenta (slow fashion) como postura contra la moda rápida se ha convertido en un estilo de vida —y en un negocio próspero—, incluso en tiendas como Slowfiber en Monterey.
EN RESPUESTA A LA MODA RÁPIDA, Canterbury comenzó a ofrecer “barras de remiendo” y trueques de ropa para modificar prendas usadas y alargar su vida útil. Al ver la gran demanda, abrió la tienda física de Slowfiber en 2020.
Para muchas personas, la costura parecía algo del pasado. Sin embargo, Canterbury señala que, aunque en menos de dos generaciones se fueron perdiendo las habilidades de costura, esta está volviendo a cobrar fuerza junto con otras artes textiles como el tejido a dos agujas, el crochet, el telar, el nalbinding y el frívolité. Ella nota una oleada de jóvenes motivados a aprender un oficio nuevo, a ahorrar dinero en ropa o a manifestarse en contra de la moda rápida que impacta al medio ambiente.
Aunque Slowfiber es una tienda donde la gente adquiere insumos o se inscribe en talleres, Canterbury comenta que el objetivo principal de sus clientes no es comprar materiales nuevos. Muchos buscan crear lazos y recuerdos mientras aprenden una técnica nueva o comparten sus pasatiempos con los demás.
En un entorno donde a las marcas sostenibles les cuesta trabajo salir adelante y la moda masiva predomina, Canterbury y otros apuestan por el cuidado ambiental. “Mi meta principal es la sostenibilidad”, aclara. “La comunidad se fortalece cuando reducimos al máximo la necesidad de comprar cosas nuevas”.
MÁS ALLÁ DE REMENDAR Y REUTILIZAR ROPA USADA, muchos artesanos textiles están creando desde cero, y cada vez más personas van un paso más allá al elaborar sus propios insumos, hilando la lana directamente del vellón y tiñendo el hilo ellos mismos.
Kris Nardello busca hongos Pisolithus justo antes de las lluvias para usarlos en el teñido de la lana en tonos café. También aprovecha cempasúchiles, coreopsis y escabiosas (conocidas como flor de alfiletero), que crecen en abundancia en su jardín de Aptos. Aunque las flores de estas últimas son moradas, con ellas logra obtener un tono verde cartujo.
“Hay mucha química y botánica de por medio”, comenta Nardello. “Existen muchísimas variables: la cantidad de sol, el agua que reciben y el tipo de suelo en el que crecen”.
A veces, Nardello instala estufas portátiles en la playa para teñir lana con sus amigas. (Es un trabajo sucio que resulta mejor hacerlo al aire libre). Da clases de teñido a través del Santa Cruz Arts Guild; además, integra el Carmel Crafts Guild y Anne’s Web (un grupo de hilado), e imparte diversos talleres en Slowfiber, incluyendo la técnica de bordado japonés Sashiko para elaborar patrones decorativos detallados.
Muestra una chaqueta estilo boro elaborada sobre un kimono que calcula podría tener 100 años. Nardello comenzó reforzándolo con acolchado para darle firmeza y luego le añadió bordados encima. “Extender la vida útil y el uso de una prenda es algo muy importante para mí. Todas tienen una historia que contar”, asegura.
Nardello trabajó durante décadas como maestra de arte antes de jubilarse y, a lo largo del camino, siguió aprendiendo nuevas manualidades; recibió una rueca como regalo de Navidad en 1972 y, desde entonces, hila su propia lana. (En casa utiliza una rueca más moderna, pero también ayudó a la Fundación Tor House a restaurar una rueca de pie clásica y grande, que fue usada hace un siglo por la suegra del poeta Robinson Jeffers durante una visita).
Nardello hará una demostración de cómo usar la rueca para transformar la lana en hilo durante la Feria del Condado de Monterey. Ella prefiere trabajar con el vellón crudo, el cual requiere lavarse y cardarse antes de estar listo para hilar.
“Me fascina todo el proceso. Huele muy bien”, platica Nardello. “Llegas a conocer la calidad del hilo y de las fibras de una manera muy cercana”.
Nardello es una creadora completa: hila, tiñe lana y remienda pantalones de mezclilla. También teje tapetes elegantes —con tintes naturales, por supuesto— que adornan el piso de su baño. No son solo adornos, son parte de su día a día. “Son riquísimos para andar descalzo”, expresa.
“A la gente le gusta sentir las fibras naturales”, continúa Nardello. “Duran muchísimo más y son más cómodas de usar y vestir. La sensación al tacto es maravillosa. Creo que a los seres humanos les hace mucha falta ese contacto táctil”.
LA SENSACIÓN AL TACTO podría conectar con algo más profundo que la creatividad, la comodidad o el estilo; nos conecta con elementos esenciales de la humanidad. La lana tejida surgió alrededor del año 4000 a. C. y solo podía obtenerse del vellón de ovejas domesticadas, criadas primero por su carne y luego por sus pelajes largos.
“Los antropólogos dicen que la invención del hilo fue aún más importante que la invención de la rueda”, señala Maeda. “Es parte de nuestra evolución”.
También forma parte de los relatos sobre la civilización. En la Odisea de Homero, Penélope —desde su hogar en Ítaca, esquivando a pretendientes insistentes durante años mientras espera saber si su esposo, Odiseo, sigue vivo— los engaña imponiendo sus propios tiempos. Les dice que está tejiendo un sudario fúnebre y ellos aceptan esperar a que termine el tejido. Sin embargo, en secreto, cada noche Penélope deshace lo tejido, burlándose de ellos y manteniendo el control de la situación.
En tiempos mucho más recientes, señala Nardello, el término “hilandera” (spinster) otorgaba cierto estatus a la mujer que sabía hilar, lejos de la connotación despectiva que se le da hoy en día en inglés. Se refería a una mujer con un oficio indispensable, capaz de elaborar los textiles necesarios cuando todo se hacía a mano y con la oportunidad de generar un producto comercializable.
Lo que se comercializa ha cambiado con la tecnología, pero la técnica básica del hilado se ha mantenido prácticamente igual.
STEPHANIE CERVI NO RECUERDA CÓMO APRENDIÓ A TEJER; probablemente fue de niña durante el coro de su iglesia, cuando una persona mayor intentaba mantenerla entretenida durante los ensayos. Pasaron los años y Cervi, de 33 años, no hizo mucho con las manualidades.
Como propietaria de la tienda de insumos textiles y espacio de talleres Slowfiber, a Jaki Canterbury le apasiona vender materiales, pero también compartir sus conocimientos. “Mis clientes favoritos son los que llegan y dicen: ‘Tengo un hoyo en un suéter, ¿qué hago?’ o ‘Estoy aprendiendo a remendar pantalones, ¿qué necesito?’”.
Ella retomó el oficio por otro camino: imprimiendo en 3D carretes para la rueca de una amiga. Desde su casa en Monterey administra una tienda exitosa en Etsy, donde vende piezas impresas en 3D diseñadas minuciosamente para ruecas y otras herramientas textiles, como peines para tejer en telares pequeños. (Los diseñó después de repartir telares de cartón a los niños en la feria del año pasado, los cuales se deshicieron rápidamente).
Cervi fabrica herramientas, pero también elabora manualidades y puede pasar horas hilando en su rueca Ashford Kiwi de doble pedal, moviendo los pies de forma uniforme. “Es una excelente manera de autorregularse y estar presente en el cuerpo”, menciona. “Es difícil estar pensando en cosas que te dan ansiedad cuando estás concentrado en esto. Mi forma de desestresarme por las tardes es tomar un proyecto manual y despegarme de las pantallas”.
Toma horas transformar una bolsa de lana en hilo. Al preparar una muestra de hilo esponjoso para la feria, Cervi calcula que le tomó cuatro horas llenar cada uno de los tres carretes, más otras cuatro horas para torcerlos juntos y formar un hilo de tres cabos. “Si me pagara un sueldo justo por mi tiempo, esa madeja valdría 400 dólares”, reflexiona. La misma cantidad de hilo acrílico se vendería por unos 35 o 40 dólares. “El hilo hecho a mano se considera algo muy valioso”, explica.
Pero no es tan intocable como para que Cervi no aproveche la tecnología. Además de recurrir a YouTube como herramienta de aprendizaje —algo que considera ha ayudado a integrar a una nueva generación de artesanos textiles—, también utiliza ruecas eléctricas (e-spinners) que funcionan con motor (pero aplican la misma técnica básica de generar tensión y enrollar la lana en el carrete). Cervi también usa la versión más antigua, el huso turco, que aprovecha la gravedad en lugar de una rueda para hilar.
Cervi se considera hilandera, tejedora de agujas y practicante de nalbinding (una técnica de un solo lazo más antigua que el tejido de agujas o el crochet). También tiene conocimientos prácticos de otras artes textiles (como el telar) para diseñar soluciones impresas en 3D, como un protector de dedos para hacer frívolité, un bordado de aguja muy detallado. Melanie, la mamá de Stephanie, participará en la feria con nueve piezas de frívolité. “Solo quiero que la gente conozca lo que es el frívolité”, platica Melanie.
Stephanie agrega con humor que se inspiró en su mamá: “Pensé que debía seguir sus pasos y aprender otro arte textil raro del que nadie ha oído hablar”.
Cada vez más personas están conociendo las artes textiles y adentrándose en ellas.
CADA MES, los miembros del Carmel Crafts Guild se reúnen en el Wool Room del Centro de Eventos y Feria del Condado de Monterey, donde llevan proyectos terminados o en proceso para mostrarlos y compartirlos. Además, ofrecen talleres y grupos de estudio en casas de los socios para varias disciplinas como frívolité, telar e hilado. También en las instalaciones de la feria, el grupo de hilado Anne’s Web se junta el segundo sábado de cada mes.
Las instalaciones de la feria se convierten en un escaparate para exhibir trabajos durante la Feria del Condado de Monterey, la cual cuenta con 52 categorías de artes textiles, desde joyería en frívolité hasta bordado Sashiko y punto de cruz patriótico. (Para más detalles sobre la feria, que se celebra del 3 al 7 de septiembre, consulte la pág. 24).
Muchos artesanos locales —entre ellos Maeda, Cervi y Gould— presentarán piezas en distintas categorías este fin de semana. Sin embargo, los puntos de encuentro para las artes textiles durante el año van mucho más allá de la feria. Los lugares de reunión incluyen centros religiosos, grupos virtuales y cafeterías. El Monterey Knitting Social Club se junta todos los domingos en el East Village Cafe en Monterey y los jueves en diferentes cervecerías locales. Los asistentes llevan sus proyectos para tejer a agujas o crochet, platican sobre los patrones que quieren hacer, la elección de los hilos y sobre si es necesario o no hacer una muestra antes de empezar una prenda nueva.
Colleen Durkin, fundadora del club, comenta que el trabajo manual es “un excelente remedio contra el desgaste que a veces provoca la vida digital”.
El ambiente grupal motivó a Durkin a seguir patrones por primera vez. “Estar rodeada de otras personas me ayuda a aprender diferentes puntadas y formas de abordar el tejido de agujas y el crochet”, dice.
Esperó un par de años para encontrar un club con intereses similares hasta que, en 2018, decidió tomar la iniciativa. “Esperaba que alguien empezara uno y, tras unos años de espera, me di cuenta de que tenía que ser yo quien lo iniciara”, platica. (Nota de la redacción: Una de las autoras de este artículo, Celia Jiménez, forma parte del Monterey Knitting Social Club).
El club comenzó solo con Durkin tejiendo sola en cafeterías locales; con el tiempo, empezaron a llegar otros tejedores de agujas y crochet. El club publica sus próximas reuniones en MeetUp e Instagram. En los últimos tres años, el número de participantes ha crecido enormemente.
“Es hermosísimo ver a tanta gente interesada y con ganas de conocerse”, expresa Durkin. Su reunión más nutrida reunió a 25 personas.
En el Monterey Knitting Social Club, comenta Cervi, “la única regla es no excluir a nadie. Trae lo que estés trabajando y ven a pasar un buen rato”.
De igual manera, las bibliotecas ofrecen talleres donde la gente puede aprender a coser, tejer a crochet o a dos agujas, o simplemente brindan un espacio de encuentro para los artesanos. Estas actividades nacieron del interés de la comunidad y del propio personal apasionado por las manualidades.
Un miércoles por la tarde, alrededor de una docena de personas —entre niños, jóvenes y adultos— asisten a una clase de crochet que imparte Gould en la sucursal de King City de las Bibliotecas Públicas del Condado de Monterey (donde ella trabaja). Hay estambres de colores y varios ganchillos para empezar. Gould los guía en los pasos básicos: cómo hacer el nudo corredizo, las cadenas y el punto bajo.
Algunos tienen metas grandes. Sharlene Hughes, quien apenas está aprendiendo crochet, espera tejer 2,000 balones de fútbol americano para noviembre para sumarlos a las cajas de donaciones destinadas a niños en el extranjero.
Las gemelas Pamela y Perla Martínez, de nueve años, ya sabían tejer y rápidamente se pusieron a trabajar en su proyecto. “Le estoy haciendo una cobijita a mi gato”, platica Pamela Martínez sobre un tejido a rayas rosas y blancas para su peluche.
En las sucursales de Seaside y Castroville, hay máquinas de coser disponibles para reservar y usar dentro de la biblioteca. Recientemente comenzaron a organizar círculos de remiendo, donde personas de distintos niveles se reúnen para aprender lo básico y reparar su ropa.
Más allá de recuperar o adquirir habilidades, acudir a estas reuniones es una oportunidad para convivir. “Es como en los viejos tiempos. La gente se junta, sientes el apoyo de los demás y compartes los mismos gustos”, platica Kelly Henderson, instructora de costura y asistente en la biblioteca de Seaside.
Los negocios locales también funcionan como centros de creatividad, convivencia e incluso de sanación. Cervi espera abrir una tienda física de hilos para su negocio, Starfish Fibers, en 2027.
“Quiero que no sea solo una tienda, sino un espacio para la comunidad”, manifiesta. “He visto amigos que usan las artes textiles como parte de su recuperación de un trauma o para mantenerse sobrios. Alguien usa el crochet para mantener las manos ocupadas y no lastimarse la piel por la ansiedad. Todos llegamos a esto por distintas razones, pero nos quedamos por la comunidad”.

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