A medida de que el llamado movimiento del Tea Party agarraba fuerza a finales de los años 2000, el Daily Show mandó al entonces corresponsal John Oliver a un mitin, donde se topó con un hombre que gritaba la consigna revolucionaria: “No hay tributación sin representación”. Oliver respondió con calma algo parecido a: “Sí se da cuenta de que sí tiene representación, ¿verdad?”.
El hombre captado en cámara no es diferente a muchos estadounidenses en su manera de entender la causa de la Revolución Americana. Hemos grabado a fuego el “no a los impuestos” y hemos pasado por alto lo que para los colonos de la década de 1770 era la demanda mucho más importante: “sin representación”.
Muchos estadounidenses no están muy bien versados en los detalles de la historia de la nación. Es probable que la mayoría pueda enumerar los eventos clave que llevaron a la Declaración de Independencia hace 250 años: la Masacre de Boston, la Ley del Timbre (Stamp Act), el Motín del Té de Boston (Boston Tea Party), la cabalgata de medianoche de Paul Revere. Y podemos nombrar a figuras clave como George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin.
Sin embargo, nuestro resumen simplificado hace que el avance hacia la revolución parezca ordenado. Además, invita al mal uso del pasado. Entre las demandas de los miembros del Tea Party estaban la reducción de impuestos y un gobierno federal más pequeño. Pero fueron hombres como Franklin y Washington quienes reconocieron la necesidad de un gobierno central fuerte para reemplazar la autoridad débilmente hilvanada de los Artículos de la Confederación, forjando la Constitución apenas unos años después de terminar la Guerra de Independencia.
En nuestra comprensión de la historia de la nación, los estadounidenses tienden a recurrir a una forma de mitología patriótica que oculta o incluso descarta los matices, las fallas y las contradicciones. Ahora, 250 años después de la Declaración de Independencia, Donald Trump ha intervenido para empeorar las cosas.
John Adams se dirigió al jurado con sus reflexiones finales. Siete meses antes –en marzo de 1770– soldados británicos bajo el mando de un oficial habían disparado contra una multitud reunida alrededor de su puesto, matando a cinco personas, un incidente conocido para la posteridad como la Masacre de Boston.
En la indignación que siguió, el capitán Thomas Preston y los ocho hombres fueron arrestados por asesinato. Pero Adams defendió a los soldados, presentando pruebas de que habían actuado en defensa propia. “Los hechos son cosas tercas”, le dijo al jurado. “Y cualesquiera que sean nuestros deseos, nuestras inclinaciones o los dictados de nuestras pasiones, estos no pueden alterar el estado de los hechos y las pruebas”.
El jurado de bostonianos había sentido y lidiado con el enojo hacia los soldados. Sin embargo, declararon a Preston inocente y de igual manera absolvieron a seis de los hombres. Dos fueron declarados culpables del cargo menor de homicidio involuntario y fueron marcados con hierro como castigo.
En su orden ejecutiva de 2025 –la número 14253, con el irónico título de “Restaurar la verdad y la cordura en la historia estadounidense”– Trump arremete contra los hechos. La narración de la historia debería “enfocarse en la grandeza de los logros y el progreso del pueblo estadounidense”. La orden va más allá al exigir que los monumentos, placas u otros memoriales “no contengan descripciones, representaciones u otro contenido que menosprecie de manera inapropiada a los estadounidenses del pasado o vivos (incluyendo a las personas que vivieron en la época colonial)”.
La orden ha sido apropiadamente ridiculizada. Escribiendo para la Asociación Internacional de Abogados (International Bar Association), Tim Ryback, director ejecutivo del Instituto para la Justicia Histórica y la Reconciliación en La Haya, señaló que Trump no aclaró cómo sería un menosprecio apropiado hacia los héroes estadounidenses.
El racismo es un tema central a lo largo de la historia estadounidense, y el que más a menudo se topa con la somnolencia cultural o con narrativas falsas. En la Orden Ejecutiva 14253, Trump insiste en que los guías del Servicio de Parques Nacionales presentaban “una ideología divisiva y centrada en la raza” en lo que respecta a la esclavitud. La orden instruye a los sitios históricos que son propiedad federal –tanto parques como museos– a enseñar un ideal de “progreso constante” de “promoción de la libertad, la prosperidad y el florecimiento humano”, culpando a las administraciones anteriores de reconstruir nuestro pasado como “inherentemente racista, sexista, opresivo o con fallas irreparables de origen”.
Los seres humanos, por supuesto, tienen fallas por naturaleza. ¿Cómo lidiamos con el manejador del salón de la fama del béisbol John McGraw, quien en 1901 firmó al jugador de cuadro de las Ligas Negras Charlie Grant, con la esperanza de hacerlo pasar por cheroqui para evadir la barrera del color, y quien esperaba traer a docenas de otros jugadores negros a los Giants de Nueva York, pero que también, según se informa, aceptó un pedazo de soga de un linchamiento como amuleto de la buena suerte?
Uno de los mitos nacionales más persistentes está relacionado con una enorme mancha racista a la que Trump restringe importancia: la esclavitud. Algunas personas insisten en que los Estados Confederados se separaron en defensa de los derechos de los estados. Pero, ¿había un derecho, en particular, que los estados esclavistas deseaban preservar?
La respuesta se encuentra en la Declaración de Secesión de Mississippi, que establece claramente que “Nuestra posición está completamente identificada con la institución de la esclavitud –el mayor interés material del mundo. Su mano de obra suministra el producto que constituye, por mucho, la parte más grande e importante del comercio de la Tierra… Estos productos se han convertido en necesidades del mundo, y un golpe a la esclavitud es un golpe al comercio y a la civilización”.
Qué noble. Es cierto que había dueños de fábricas textiles en Inglaterra y operadores de barcos mercantes en los puertos del norte que también se beneficiaban del trabajo de las personas esclavizadas. Sin embargo, el mensaje es claro. Los delegados de Mississippi se quejaban de que no se permitía la esclavitud en tierras federales, que los abolicionistas conspiraban para emancipar a sus propiedades o –aparentemente peor– abogaban por la igualdad de los negros.
El argumento de que luchar contra los Estados Unidos era simplemente una acción en apoyo a los derechos de los estados se contradice aún más en una canción popular en el Sur después de la guerra. “I’m A Good Old Rebel” (Soy un buen viejo rebelde) incluye letras como “Odio la Constitución” y “Odio la Oficina de Libertos” (Freedmen's Bureau), esta última una referencia a la agencia responsable de ayudar a los refugiados y a los esclavos emancipados.
Sería, por supuesto, un error sugerir que los voluntarios de la Unión se inspiraron por un celo abolicionista. La mayoría se unió al ejército para restaurar la Unión. Sin embargo, a medida que la guerra se prolongaba, muchos empezaron a ver la liberación de los negros como una forma de socavar la autoridad de los hacendados sureños y llevar la guerra a una conclusión más rápida.
Una de las preguntas comunes en las cartas y diarios mientras los hombres del general Sherman avanzaban por el profundo Sur era por qué los blancos de la región se unían a los dueños de las plantaciones en oposición a los EE. UU. Para los americanos que se topaban con la cultura sureña por primera vez, era evidente que la clase baja blanca luchaba para mantenerse subordinada a los ricos. No captaron de inmediato que, en general, los sureños blancos, ricos y pobres, compartían la misma perspectiva cultural hacia los negros.
El racismo pone a prueba otra era mitificada, la de la “generación más grande”. El presentador de NBC News, Tom Brokaw, acuñó el término en su libro de 1998 del mismo nombre, reconociendo a los hombres y mujeres estadounidenses que superaron la Gran Depresión y enfrentaron la Segunda Guerra Mundial –ambos logros significativos.
Recuerde, sin embargo, que esta también fue una época en la que gran parte de los Estados Unidos estaba segregada. En 1942, el mismo presidente Franklin D. Roosevelt que elogiaba las “cuatro libertades” en sus charlas radiales junto a la chimenea (and y a quien sus vecinos patricios llamaban “traidor a su clase” por el New Deal), firmó una orden ejecutiva para acorralar a los japoneses en la Costa Oeste –la mayoría de ellos ciudadanos estadounidenses, muchos del condado de Monterey– y encerrarlos en campos de encarcelamiento masivo.
Mientras las fábricas contrataban frenéticamente para mantener el ritmo de las demandas de producción en tiempos de guerra, sumando a unos 6.6 millones de mujeres a la fuerza laboral, una empresa declaró que los negros solo eran aptos para puestos de limpieza. Una caricatura política de la época retrataba a un sureño blanco diciendo: “Dejen que gane Hitler, él también odia a los negros”.
Por supuesto, el problema no se limitaba a los estados del sur. Nueve blancos y 23 negros murieron durante un disturbio racial en Detroit en 1943 (17 de los afroamericanos murieron a causa de la violencia policial). Roosevelt tuvo que enviar tropas a Filadelfia en 1944 cuando los empleados blancos de la compañía de transporte se fueron a la huelga después de que la ciudad contratara a ocho operadores de tranvía negros.
Estos son los hechos que Trump desea ocultar. En respuesta a la Orden Ejecutiva 14253 de Trump, la Asociación Histórica Estadounidense (American Historical Association) emitió una declaración advirtiendo que el propósito del estudio histórico “no es ni la crítica ni la celebración”. En cambio, es comprender el pasado, comprender el cambio y proporcionar una base para dar forma al futuro –con todo y sus fallas.
Es bien sabido que Washington, Jefferson y muchos otros firmantes de un documento de declaraciones evidentes por sí mismas como “Todos los hombres son creados iguales” tenían personas negras esclavizadas. Y algunas personas ven este hecho a través de un lente actual, argumentando que deberíamos eliminar a tales figuras del panteón de la nación.
Cuando se le pidió hablar en 1852 en el Día de la Independencia, el exesclavo prófugo Frederick Douglass dijo a los reunidos en Rochester, Nueva York: “¿Qué tengo yo, o aquellos a quienes represento, que ver con su independencia nacional? ¿Se extienden a nosotros los grandes principios de libertad política y de justicia natural plasmados en esa Declaración de Independencia?”. Douglass arremetió contra la hipocresía de la nación, descartando la celebración de la independencia como incompleta, la imaginada grandeza de los Estados Unidos como mera vanidad y su llamado a la libertad como retórica vacía. Sin embargo, elogió a quienes lideraron la Revolución.
“No me falta respeto por los padres de esta república”, dijo. “Los firmantes de la Declaración de Independencia fueron hombres valientes. También fueron grandes hombres, lo suficientemente grandes como para dar forma a una gran época… El punto desde el cual me veo obligado a verlos no es, ciertamente, el más favorable; y, sin embargo, no puedo contemplar sus grandes hazañas con menos que admiración”.
La preferencia de los Estados Unidos por una versión mitificada de su pasado no es un acontecimiento reciente. Un ministro con un don para la escritura, Mason Weems, inventó la historia de un joven George Washington cortando el cerezo de su padre. Pero su biografía –La vida de Washington, publicada en 1800– resultó tan popular que el cuento exagerado pasó al lenguaje popular estadounidense.
La noción de un Padre de la Patria preadolescente y arrepentido, con el hacha en la mano, diciendo “No puedo decir una mentira”, es una ocurrencia inofensiva. Pero las narrativas falsas pueden tener un efecto perjudicial no solo en nuestro conocimiento de la historia, sino también en las creencias que guían la toma de decisiones a nivel estatal y nacional. Por ejemplo, las declaraciones a favor de un gobierno central pequeño se atribuyen más a menudo a Jefferson, aunque la frase “El mejor gobierno es el que gobierna menos” se cita en realidad en el ensayo de 1849 de Henry David Thoreau, Desobediencia Civil, en el que afirma que las suposiciones individuales del bien y del mal deberían guiar el comportamiento, en lugar de la legislación. Thoreau se oponía a la esclavitud y fue encarcelado brevemente por negarse a pagar impuestos que pudieran ayudar a financiar la guerra con México, la cual consideraba de naturaleza imperialista.
Hay muchos que siguen este hilo, creyendo que reducir el alcance y el gasto del gobierno es beneficioso tanto para la libertad individual como para la economía, y hay argumentos válidos hacia esa idea. La Institución Hoover, de tendencia conservadora, atribuye a la desregulación y a la reducción de impuestos el auge que comenzó en 1982 y que duró, según sus cálculos, unos 15 años. El autor de ese análisis, Martin Anderson, lo llama “el mayor auge económico de la historia”.
Hay un poco de hipérbole ahí. Recuerde que la prosperidad estadounidense se disparó de 1940 a 1970, un período mucho más largo. La expansión económica fue impulsada por el gasto del gobierno –la producción de guerra, para empezar, seguida de la construcción de autopistas interestatales y el programa aeroespacial– y alimentada por el poder adquisitivo de los consumidores. Y tenga en cuenta que durante esta marea creciente, los sindicatos laborales eran fuertes y la brecha entre el salario de los ejecutivos y los sueldos de los trabajadores era bastante estrecha. Según el Instituto de Política Económica (Economic Policy Institute), los directores ejecutivos recibieron 281 veces más que un empleado típico en 2024. En 1965, la diferencia era del 21 por ciento.
Por supuesto, hay caídas, incluso en períodos de crecimiento, y muchos factores influyen en las economías. También hubo disparidades notables. Por un lado, la riqueza tendía a fluir más fácilmente hacia la fuerza laboral masculina blanca. Eso estaba cambiando durante el “largo auge” de los años 80. Y la castigadora tasa impositiva máxima del 70 por ciento se mantuvo vigente hasta principios de los 80.
Al igual que la economía, la historia es complicada y accidentada. Con el tiempo, hemos ido aceptando algunos aspectos del pasado de la nación. El impulso racista que llevó a la quema de un pueblo de pescadores chinos en Pacific Grove en 1906 quizás se ha debilitado. Reconocemos el desplazamiento o la masacre de los pueblos nativos. De hecho, un esfuerzo para devolver la propiedad de la tierra a la población indígena está bien financiado en el condado de Monterey.
Así es como se ve el progreso, pero requiere esfuerzo. Kelseyville, California, es un pueblo del condado de Lake nombrado en honor a un primer colono que maltrató tanto a los residentes pomo que un grupo de hombres pomo decidió resolver el asunto, matando a Andrew Kelsey y a otro ranchero abusivo. En respuesta, las tropas del Ejército de los EE. UU. intervinieron y masacraron a gran parte de la población pomo de la zona. Hasta 2006, la mascota de los deportes atléticos de la preparatoria de Kelseyville eran los Indians (Indios).
El residente del condado de Lake, Clayton Duncan, un anciano pomo, hizo una campaña exitosa para que la escuela quitara la mascota (ahora son los Knights / Caballeros). Él continúa con los esfuerzos para abordar el nombre del pueblo. Dada la actitud de las misiones católicas en los siglos XVIII y XIX hacia los pueblos nativos del condado de Monterey, se hizo un esfuerzo similar en 2021 para quitar la mascota de la preparatoria de Carmel, los Padres. Fracasó.
El panorama histórico de los Estados Unidos es a veces uno de oscilaciones de péndulo: activistas progresistas que buscan reformas, activistas resistentes que presionan en contra, lo que eventualmente resulta en un cambio.
El movimiento de reforma laboral que comenzó a finales de la década de 1800 y continuó hasta la década de 1930 se topó con violentas represiones contra los sindicatos. La alianza entre las grandes empresas y los grandes sindicatos forjada durante la Segunda Guerra Mundial fue un trampolín hacia la prosperidad.
Elevamos a Rosie la Remachadora (Rosie the Riveter) a la categoría de ícono patriótico. Pero las mujeres en este país tenían derechos limitados al trabajo y a la propiedad, y lucharon durante 72 años tras la Convención de Seneca Falls de 1848 para ganar el derecho al voto. Después de la Segunda Guerra Mundial, las comedias de televisión volvieron a glamorizar el ideal doméstico. En vísperas de una Enmienda de Igualdad de Derechos en la década de 1970, la activista conservadora Phyllis Schlafly se convirtió en una voz exitosa contra la ratificación.
El concepto “woke” (consciente), que genera conciencia sobre la discriminación racial y la justicia social, parecería poco probable que encontrara oposición. Pero el Instituto Independiente (Independent Institute), de tendencia conservadora, lo cita como “un culto cruel y peligroso”.
Desde el principio, los estadounidenses han tenido ideas diversas sobre la nación y su rumbo. La Declaración de Independencia fue el resultado de un compromiso, con docenas de ediciones y la eliminación de fragmentos de texto. En una carta de posguerra, Adams estimó que no más de dos tercios de la gente se había comprometido con la Revolución. Unidades de milicias leales a la corona se unieron a los Casacas Rojas en la lucha contra la independencia.
Sucedió lo mismo con la Constitución poco más de una década después. En su declaración de clausura, Franklin instó a los delegados a aprobar el documento, con un comentario que resume lo que somos nosotros, el pueblo, afirmando una realidad que Trump y otros desearían evitar: “Cuando se reúne a un número de hombres para tener la ventaja de su sabiduría conjunta, inevitablemente se reúne con esos hombres todos sus prejuicios, sus pasiones, sus errores de opinión, sus intereses locales y sus visiones egoístas. De una asamblea así, ¿puede esperarse una producción perfecta?”.
Franklin dio su asentimiento a la Constitución porque, según dijo, “no espero nada mejor, y porque no estoy seguro de que no sea la mejor”. Luego pidió a los delegados que se unieran a él y, “En esta ocasión duden un poco de [su] propia infalibilidad”.
El verdadero logro y la grandeza provienen de esto. Solo se necesita leer la historia estadounidense para encontrar a personas imperfectas tomando una postura y, a través de la división, haciendo de la nación un lugar mejor. En este sentido, no es difícil enumerar a héroes con fallas, sus innovaciones, o trazar el rumbo accidentado y torcido desde el 4 de julio de 1776 hasta el 4 de julio de 2026.
Como pueblo, los estadounidenses han superado mucho. Pero como todos deberíamos entender, hay más por lograr. Blanquear los males del pasado y las fallas humanas hace que los líderes y activistas de nuestro tiempo parezcan deficientes en comparación. No es de extrañar que tanta gente crea que la grandeza estaba en el pasado de los Estados Unidos.
Poco después de que Trump emitiera la Orden Ejecutiva 14253, un empleado eliminó el perfil de la heroína abolicionista Harriet Tubman, quien escapó de la esclavitud, del sitio web del Servicio de Parques Nacionales. La gente se dio cuenta y se indignó, lo que obligó a los funcionarios del servicio de parques a restituir a Tubman en el lugar que le corresponde.
Doscientos cincuenta años después, el péndulo sigue oscilando. Pero los hechos siguen siendo cosas tercas.

(0) comments
Welcome to the discussion.
Log In
Keep it Clean. Please avoid obscene, vulgar, lewd, racist or sexually-oriented language.
PLEASE TURN OFF YOUR CAPS LOCK.
Don't Threaten. Threats of harming another person will not be tolerated.
Be Truthful. Don't knowingly lie about anyone or anything.
Be Nice. No racism, sexism or any sort of -ism that is degrading to another person.
Be Proactive. Use the 'Report' link on each comment to let us know of abusive posts.
Share with Us. We'd love to hear eyewitness accounts, the history behind an article.