Les saluda Rubin, pensando en los nombres. Vivimos en un mundo de accidentes geográficos y lugares nombrados en gran medida por los occidentales que supuestamente los “descubrieron”. Incluso en el caso de nombres meramente descriptivos —de lugares como “Salinas”, por las marismas de sal—, esto conlleva el legado de la lengua de quien otorgó el nombre y de quien ostentaba el poder en el momento en que dicho nombre se arraigó.
Algunos puntos geográficos importantes —como el pico más alto del condado de Monterey— se encuentran en medio de una transición cultural en cuanto a su denominación. Aunque todavía se ve el pico Junípero Serra en los mapas, cada vez escucho a más personas referirse a él por su nombre en lengua salinana, Pinkolam. (Cabe señalar que, en efecto, el nombre salinano corresponde al río Salinas, ambos nombrados así por los colonizadores españoles).
Sin embargo, mi atención esta semana se centra en una decisión más contemporánea: la de nombrar lugares por toda California en honor a César Chávez, el emblemático líder del sindicato United Farm Workers. La ola más reciente de acciones ha buscado revocar esos nombres, a raíz de las escandalosas revelaciones sobre el presunto historial de agresión sexual de Chávez, el cual se mantuvo en secreto a lo largo de su vida.
Poco después de que saliera a la luz esa noticia en el New York Times en marzo, escribí sobre el problema de idealizar a nuestros líderes y reducirlos a caricaturas heroicas, simplistas y purificadas.
En los meses transcurridos desde entonces, los directivos del Distrito Escolar Primario de Alisal y los funcionarios de la Ciudad de Salinas iniciaron procesos para reconsiderar las instituciones que llevan el nombre de Chávez. El reportero de Salinas Valley Now, Royvi Hernández, ha estado cubriendo ambos esfuerzos. (El del Distrito de Alisal depende de un comité de 16 miembros, lo cual ha resultado ser una meta difícil de alcanzar. Las últimas dos reuniones que Hernández intentó cubrir fueron canceladas por falta de cuórum).
En ambas jurisdicciones, un proceso de consulta pública está precediendo a cualquier decisión, un enfoque que me parece muy acertado. Esto se debe a que, como aprendí al leer la crónica de Hernández esta semana sobre el proceso del Municipio de Salinas, con la misma facilidad podemos reaccionar de manera automática y caer en el extremo opuesto de reducir a las personas a simples villanos.
La sala comunitaria de la Biblioteca César Chávez (que todavía lleva ese nombre hoy en día) estuvo abarrotada con más de dos docenas de personas el miércoles por la noche, reporta Hernández. Y cada una de las personas que tomó la palabra abogó por conservar el nombre: Chávez logró hazañas heroicas y liberadoras que empoderaron a las personas marginadas, aun si presuntamente victimizó a mujeres que confiaban en él.
Que ambas cosas puedan ser ciertas, que haya sido tanto un héroe como un villano, es tal vez una verdad incómoda. Pero es la verdad.
Si eso significa que instituciones públicas como escuelas, parques y bibliotecas deban llevar su nombre —o el de cualquier persona, en realidad, ya que casi todos tenemos fallas— es una cuestión distinta. Me da gusto que los funcionarios de la ciudad se lo estén tomando con calma, en lugar de apresurarse a sacar conclusiones y cambiarlo de golpe. Como reporta Hernández, se están basando en la opinión de la comunidad antes de decidir los pasos a seguir.
Aparte de la reunión del 21 de octubre, una encuesta en línea sigue abierta hasta las 6:00 p.m. del sábado 31 de octubre. Espero que se sume a la conversación.

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